Hace unos días compartimos en redes un video del despertar de La Caracola. Ese momento previo al juego en el que el silencio lo inunda todo y solo se escucha cantar a los distintos pájaros que sobrevuelan y conviven con nosotras. Esa calma que podemos tomar cada día, con los peques, antes de que estos entren al juego y en el jardín sólo se escuchen sus voces, sus risas, sus llantos, sus llamadas, sus canciones…

La Vida Caracola es una burbuja dentro de nuestro ritmo y nuestro estilo de vida que, por saludable que sea, se ve afectado por la norma social (correr, ir primero, atender lo urgente, producir). La Vida en La Caracola, proporciona un espacio para Ser, para Estar, sin la presión del Hacer, tanto para los niños y las niñas como para las personas adultas que nos visitan.

Hoy era un día complicado, nuestras acompañantes tenían a sus hijos/as enfermos, algunas no podían acudir hoy a atender el grupo, en el equipo éramos menos de lo acostumbrado. Inicialmente hemos tenido que recomponer la mañana, cómo hacer, qué podemos ofrecer, cuál es nuestro límite hoy. Una vez decidido, hemos reunido al grupo que iba llegando tranquilamente entre las 9.30 y las 10.00 para contarles las novedades. ¿Podremos asumir entre todos el taller de hoy con un solo adulto? “Siiiii” ¿Podremos ir todas juntas en grupo a cada propuesta, como algo excepcional? “Siiiii”. Dos niños de 3 años han llegado más tare y quieren permanecer en el jardín, les pedimos a las mamás que les acompañen un ratito hasta que empiece el taller y una de nosotras pueda cuidar de ellos. En menos de 15 minutos se han unido al resto del grupo, tranquilos, sin presión y con el apoyo de sus madres y acompañante.

Hemos hecho el taller de Pizza, con gran disfrute y tomándonos el proceso con muchísima calma, primero la mezcla, después el amasado. Hemos versionado las canciones que solemos cantar en el taller de pan y hemos reido con las nuevas letras que surgían en torno a los ingredientes de una pizza vegana como la que preparábamos. Después, cada una con su trocito de masa, decidía su forma, los ingredientes que querría tomar después, esperando paciente y alegremente su turno PORQUE SABEN QUE EN LA CARACOLA EL TURNO SIEMPRE LLEGA. La concentración era máxima.

Tras el taller de pizza, vamos juntas a la sala de los cuentos; un acompañante ha preparado un cuento teatralizado. La mesa de los cuentos ofrece belleza de color azul, animales de lana cardada, construcciones cuidadosamente elegidas. El momento desprende POESÍA, TERNURA Y DEDICACIÓN.

La pizza se hornea mientras escuchamos el cuento y después jugamos en el jardín bajo el sol que el día nos ha regalado. Suena la alarma: la pizza está lista. Vamos despacio, sin prisa a lavarnos y sentarnos alrededor de la mesa, aunque ellas vayan más aprisa por la emoción del momento, las adultas vamos con calma porque en La Caracola TODO LLEGA y así lo queremos transmitir. La mesa está preparada por la niña de 5 años que tomó esa tarea en su turno semanal, cada vaso y cada plato de cristal y porcelana espera a su comensal sobre el mantel de limones. Se reparte la pizza de cada niño/a, excepto del que prefirió elaborar la pizza por el placer de hacerla pero que quería comer pan y avisó con tiempo para guardar un poco de masa. Todos desayunan felices porque han cocinado su propio alimento y está impregnado de su ilusión. Sonreimos y reimos entre mordisco y mordisco, es un momento de emoción y complicidad.

Cada persona tiene su PROPIO RITMO para desayunar, una acompañante espera en la sala de desayuno y otra acompaña a los que van saliendo según terminan a lavar dientes, manos y hacer un pis antes de volver al jardín a jugar en el arenero, en el tejado de la cabaña, en el columpio, en la cama elástica… Han llegado los refuerzos y otra acompañante de apoyo puede recibirles en el jardín para que no tengan que esperar más tiempo. Se van sucediendo, como en un baile, situaciones grupales. Las adultas observamos, escuchamos, nos acercamos. No es necesario intervenir por el momento, esperamos que autorregulen sus relaciones. Una niña grita con tono enfadado, “¡no quiero jugar, quiero estar sola!”. Cruza sus brazos y camina por el jardín. La adulta que está cuidando esa zona se sienta en el suelo, en señal de estar disponible. La pequeña se acerca, se aleja, está elaborando su decisión PERO SE SIENTE ACOMPAÑADA. La acompañante no le quita el ojo, con su mirada le comunica “estoy aquí para ti, sé lo que te pasa”. Ella va mostrando con su cuerpo estar más relajada, hasta que el grupo se va moviendo, se redistribuyen roles en el juego y termina construyendo una casa bajo el romero con la niña con la que desde el principio deseaba estar.  EN LA CARACOLA SE CUMPLEN MUCHOS DESEOS.

Llega el final del día, vamos un poco tarde, las mamás y papás ya están llegando a recogerles y todavía no hemos cantado la canción de final del día en el Círculo de Troncos. Las acompañantes aceleramos el ritmo y les pedimos lo mismo, “vamos al círculo, vamos al ritmo”. Las mamás esperan pacientemente a que se repartan todos los abrigos y objetos olvidados del cubo azul, cantamos, repartimos el “postre del día” y nos vamos a casa, con la sensación de plenitud que nos da el haber SENTIDO LA LIBERTAD.

“Aquí los niños no hacen lo que quieren, si no que QUIEREN lo que HACEN” (María Montessori.)

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